Una sensación llamada “Transmilenio”

Cuando estaba en décimo yo era una pelada emprendedora, que como he dicho en entradas anteriores, se levantaba siempre con toda la energía para sacar adelante la pequeña empresa que por un par de años había ido formando. 

La empresa había ido creciendo de una manera muy bella, mis amigos y yo éramos muy unidos y la pasábamos chévere con la plata fruto de nuestro esfuerzo y dedicación. Pero resulta que en la vida hay personas que odian mucho ver el éxito de los demás y como ellos no pueden conseguirlo buscan acabar con el de la otra gente… una ralea de hijueputas.

Un día, uno de los pelados que trabajaban conmigo me dijo algo que me dejó más fría que silla de paradero de buses:

—Kathe, marica, por ahí están diciendo que la rectora se enteró de que nosotros estamos vendiendo esos visajes en el colegio.

Pues yo me asusté más que cuando mi mamá me decía “En la casa arreglamos”, pero le dije al pelado con toda la tranquilidad posible:

—Relajado que eso son puros chismes. Vemos más bien que tengo clase.

Y entré a clase no sin antes cerciorarme de haber vendido todo lo que tenía en la maleta porque tenía un mal presentimiento, el sexto sentido de los makias.

Estábamos entonces en cálculo sacando derivadas… y por derivadas me refiero a algo como:

Derivadas de hijueputa:

Puta

Hija

Tape

UPJ

Epa (Escuadrón de Protección Ambiental)

 

En fin, el profesor estaba dictando su aburrida clase como todos los jueves mientras nos recordaba una y otra vez que éramos el peor curso del colegio bla bla bla. Mis amigos y yo estábamos jugando carreritas con los esferos y llovía terriblemente. Cuando de repente entra la rectora con dos policías y dice:

—Se me salen todos del salón menos Katherine, YA.

Pues qué susto tan catrehijueputa, casi me orino como el pelado Juanma. Todos se salieron del salón y la rectora llamó a mi mejor amiga de ese entonces, Luisa. Y no se imaginan lo que dijo esa pelada, a quien yo estimaba mucho y jamás en la vida hubiera hecho algo para dañarla. La rectora le preguntó:

—Ahora sí Luisa, cuéntale al señor agente lo que me dijiste hoy, cuéntale que te conocí bailando, cuéntale que soy mejor que él, cuéntale que te traigo loca, cuéntale que no lo quiere ver.

Mentiras, pero sí le dijo a Luisa que le dijera al policía lo que ella sabía, entonces ella respondió:

—Es que ella es mi amiga y todo pero yo no puedo acolitarle esas vainas. Ella vende droga en el colegio y se hace muchísima plata. 

Yo no podía creer lo que decía esa, cómo llamarla… perra hijueputa. Me esperaba eso hasta del señor de las casetas pero de ella jamás. Entonces la rectora le dijo que eso era todo, que se retirara que eso ya era asunto de la policía, mientras yo le gritaba “Luisa, usted es mucha piroba”.

Uno de los policías me dijo que vaciara la maleta y así lo hice. Afortunadamente lo más malo que yo tenía era un Bon Bon Bum a medio comer y una regla que tenía escrito con corrector “El profesor lo chupa rico”, cortesía de mi amigo Mario. Los señores esos dijeron:

—Está limpia.

Y pues eso me dio mucha tranquilidad, el corazón me volvió a latir y empecé de nuevo a respirar… hasta que el policía dice:

—Quítese todo el uniforme, rápido, niña.

Y el otro señor agregó:

—Señora rectora, pálpela usted porque nosotros somos hombres y no podemos.

Yo me sentía terrible pero pues tuve que quitarme la ropa, me quedé sólo en buso y pantaloneta. Me sentía humillada, pisoteada, asustada, vulnerable, enojada y triste… a esa sensación la llamé “Transmilenio”. En fin, se me acercó la rectora y empezó a requisarme. 

La rectora me puso la mano en la cabeza, yo le dije:

—Ay rectora, por ahí no se empieza.

La rectora me puso la mano en la frente y yo le dije:

—Por ahí no se siente.

Bueno, ya en serio, la rectora empezó a requisarme y después de 5 minutos aproximadamente, dijo:

—No tiene nada. 

Yo ahora sí estaba muy tranquila pero me sentía profundamente triste y enojada, entonces le dije a los policías que llamaran a mi mamá, que yo era menor de edad y que eso no se podía hacer, que estaban pasando por encima mío sin tener más pruebas que lo que había dicho una culicagada… ahí les metí terapia. Y sí, llamaron a mi mamá. 

Llegó mi mamá y se reveló, se cansó de lavar y planchar, se convirtió en un fenómeno… y empezaron un proceso con abogados y toda la vaina. Me mandaron a hacer las pruebas de toxicología que salieron bien gracias a las fuerzas divinas y a haber bebido mucha leche y unas cucharaditas de vinagre. Como a los dos meses una amiga le pegó a Luisa como venganza, la empresa se acabó porque me fui del colegio, me cuadré con la rectora y fuimos muy felices.

 

Mentiras, ese día aprendí que no todos merecen el título de “Amigo”, que la rectora me tenía ganas, que ser emprendedor tiene sus contras y que espero nunca más tener que experimentar esa sensación Transmilenio. 

 

 

 

¿Sienten que perdieron su tiempo leyendo esto? tomen Redu Fa Fa, bai. 

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12 thoughts on “Una sensación llamada “Transmilenio”

  1. Fernando dice:

    Kathe marica, no sabe cuánto me hace reír. No sé si soy el único que tiene curiosidad en saber más cosas de ella y ver así sea una foto (severa flor)

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