Pequeños empresarios, víctimas del castrochavismo

Transcurría el año 2008, esa época dorada en la que todo era más bello y uno ahogaba las penas en chamber. Un año en el que mi única preocupación era ganar plata en cinco huecos para pagar la hora de billar. Sí, esa época en la que uno no entraba a clase por ponerse a improvisar en el corredor del colegio… eh tiempos aquellos, ala.

En gestión empresarial nos enseñaron a ser personas emprendedoras que siempre buscaban la superación a nivel académico y laboral. Por este motivo, mi grupo de amigos y yo empezamos nuestra propia empresa, algo humilde pero hasta bonita. Resulta que vendíamos popper y dick. Normal.

Éramos pelados muy responsables, guapachosos, descomplicados, amigables y makias. Mi mamá decía que éramos unas “caspas” pero en mi humilde opinión, éramos más que un grupo de caspas, éramos una familia.

Nuestra empresa iba creciendo a pasos agigantados, tanto así que hasta el personero nos compraba, motivo por el cual estábamos pensando seriamente en ampliar nuestro campo de acción enriqueciendo nuestra microempresa con nuevos productos. Así que empezamos a vender más cosas.

Resulta que un día, unos miserables vándalos faltos del sentido de pertenencia por la institución educativa hicieron algo vil dentro de las instalaciones, algo despreciable, imperdonable e indigno. Le robaron el celular a un profesor. Eh chinos berracos esos, eso lo que les faltaba era una juetera la más macha pa’ que se ajuiciaran, ala.

El hecho es que el coordinador del colegio tomó una decisión no muy favorable para los pequeños empresarios como nosotros y para esas ratas hijueputas que se le achacaron el celuco al profesor, por decirlo en términos más coloquiales. Decidieron requisar a toda la gente del colegio antes de salir de la jornada académica.

En descanso el rumor de la requisa se extendió por todo el plantel educativo y nosotros muy preocupados por la mercancía que cargábamos en nuestras maletas, empezamos a buscar la manera de ocultarla. Aquí nuestra discusión, con nombres, las posiciones de cuando jugábamos micro y alguna característica de cada uno.

—”Agh chinos hijueputas esos que se robaron ese marica celular”, dijo el menor, Juancho, jugaba de lateral izquierdo y lo recogía el abuelito todos los días pa’ que no cogiera malas mañas.

—”Sisas, se pegan de una flecha”, dijo Mauricio, jugaba de lateral derecho y tenía un hermano que aguantaba finca.

—”Sí y el problema es que eso nos afecta mucho porque al ser una comunidad educativa lo que suceda a nuestro alrededor va a tener repercusión en todos”, dije yo muy diplomática siempre, aunque mis amigos dicen que lo que yo realmente dije fue “Vida hijueputa, nos toca esconder esa mierda porque nos joden, marica y no aguanta perder la plata que le metimos a esa vaina”, pero la verdad pienso que es mentira. En fin…

—”Parce, pero es que no tenemos tiempo para esconder eso”, dijo Maicol, era arquero y le robaba las onces a los niños de tercero.

—”Marica, nos tocó asumir las vainas, qué hijueputas”, dijo el mayor de todos, Nicolás, el más sabio, jugaba de volante central y tenía una maleta negra la cual habíamos marcado con corrector en una tarde de recocha con un “Me gustan los penes”.

 

Entramos a clase, pasó el coordinador con el profesor de física y empezaron a pasar puesto por puesto a revisar maletas. Nosotros estábamos muy asustados pero como diría Gabriel García Márquez “Todos somos inocentes hasta que se compruebe lo contrario, gonorrea ome gonorrea”, así que tratamos de mantener la calma. Obviamente nos encontraron una cantidad de cosas de nuestra empresa y pues nos llevaron a coordinación. La orientadora nos dio horrendo sermón de las 7 palabras y llamaron a nuestros papás. Nos decomisaron todo y tomaron una decisión terrible… nos suspendieron por dos semanas.

No nos echaron dizque porque no tenían pruebas de que estábamos vendiendo entonces relajados. Pero, virgen santísima, en la casa mi mamá me pegó con un cable hasta que vio que empecé a dudar de la existencia de Dios y empecé a negarla como madre, qué golpiza tan sapa hijueputa, disculparán la expresión pero qué gonorrea el nivel de mi mamá.

Eso sí, durante esas dos semanas mi querida madre se encargó de hacerme la vida imposible, no me dejaba salir, me levantaba a las 6 am a regarle las matas (siempre las ha querido más que a mí), a hacer el desayuno y todos los oficios habidos y por haber. ESO ERA EXPLOTACIÓN INFANTIL ¿CÓMO PODÍA MI MAMÁ SER ASÍ CON ESTE SER DE LUZ? Me sentía víctima del castrochavismo, todo fue muy confuso, pero bueno.

En menos de nada ya estaba de nuevo en el colegio con mis amigos pensando en crear empresa de nuevo, con el emprendimiento que caracteriza a la gente colombiana, jijuepuerca.

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